Abandonado en aquel contenedor
la puerta de aquel restaurante
esperaba su destino
camino del vertedero
o ser deglutido entero
viajando al intestino
de un misero pordiosero,
que
acuciado por el hambre
y con las tripas vacías,
buscase acabar el día
con un poco de calor
y distraer sus encías
sin ningún miedo al dolor.
Aquel muslo estaba allí
sin dueño ni propietario
sin fecha en el calendario
ni nadie a su alrededor.
Y cuando dieron las doce,
en aquel reloj local,
comenzó el reparto fiero,
con un solo espectador,
del interior del cubículo
y el muslo sintió temor..